Curar los ojos

Por Rose Marie Guarino

PH Mónica Muñoz

Desde que la tecnología empezó a avanzar a pasos agigantados, se la ubicó en la lista de demonios o en la de ángeles (como sucede con cualquier novedad, por otra parte). Apocalípticos e integrados, diría Umberto Eco, la elogiaron y denostaron en partes ¿iguales? Quién sabe, pero parece importante irse a los extremos. Sin embargo, como sucede con todas las cosas, ella tiene defectos grandes, pequeños y medianos, y lo mismo pasa con sus virtudes. Si nos enfocamos en estas últimas, no podemos negar que, así como ha permitido expandir las formas de exterminio, también ayudó a que se expanda y se difunda el arte.

Medios, lenguajes, soportes, obras, gracias a la digitalidad y a la web, se hibridan y circulan, extienden sus posibilidades y sus límites. El acceso, tanto en la producción como en el disfrute, se vuelve más factible. Se abren muchas compuertas que enlazan territorios cercanos o distantes. De esta manera, una poeta como Mónica Muñoz pasa de la poesía escrita a la poesía visual sin solución de continuidad. Dentro de sus variadas creaciones (y mixturas), ha producido un extenso archivo fotográfico. Quienes hayan tomado contacto con su libro de artista de reciente publicación, La voz íntima, habrán podido apreciar la punta del iceberg.

Pero, en esta ocasión, nos detendremos en otro recorrido: otra serie que está ligada (y cómo no estarlo) al vuelo de esta revista (otra de las creaciones de MM). Estamos acostumbrados a pensar que se curan muestras visuales, festivales, espectáculos, incluso libros. Se curan, por qué no, los espacios domésticos, cuando disponemos los objetos y decoramos los ambientes de acuerdo a cierta estética. Componer, organizar en el espacio y en el tiempo, de determinada manera, armar una partitura, esto es curar. Pero también podemos invertir los términos y considerar que una serie de imágenes, como las fotografías que aquí presentamos, curan.

Nos curan los ojos: esos ojos cansados y heridos de tanto bombardeo tecnológico, gracias a la tecnología, paradójicamente, se pueden sumergir en estas imágenes, frescas de digitalidad.

Empaparse en la espuma.

Llenarse los párpados de arena y de sal sin dolor.

Estirarse hasta el horizonte, ir y volver con las olas. Ojos pájaros zambullidos en la imagen.

Para terminar, por ahora, este recorrido marítimo que nos regala MM, nos podemos curar, además de los ojos, los oídos.

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